La erótica de la imagen. Un trekking con un camarógrafo.

Ángel fotógrafo

Ángel tenía muchos vicios, algunos confesables y otros no. En su defensa diremos que era un tipo generoso y prefería fomentar la deriva en grupo que descarriarse en solitario. Así pasamos muchos muy buenos momentos de los que solo conseguimos recordar algunos.


Le conocí en Barajas, pero empecé a apreciarle cerca del Everest; fue en el mismo valle donde también comencé a detestarle. Ambas cosas sucedieron en un corto espacio de tiempo y por motivos parecidos que tenían que ver con su genialidad.

DE TREKKING A LAS ORDENES DE JESÚS CALLEJA

Ángel era camarógrafo, melómano, muy moreno y con la altura de un nepalí medio. Son muchas más las categorías que le definen, pero son estas tres las que nos interesan en esta historia.

Los dos trabajábamos a las órdenes de Jesús Calleja, grabábamos un programa en el que 10 concursantes, neófitos en la montaña, se partían el pecho para que les llevaran hasta el Campo 3 del Everest, a 7.200 m de altura.
La grabación era terriblemente compleja y cada uno tenía sus tareas definidas. Si estuviéramos hablando de una obra literaria yo me encargaría de la prosa y Angel de la poesía.
Yo estaba a cargo de la logística, trabajaba entre bidones de material, hojas de Excel, listados de equipo, horarios precisos y tensión constante. Angel tenía otras funciones y fue una gélida mañana de noviembre, en el Campo Base del Everest, cuando entendí que hacía este tipo allí.
Aun era de noche; siempre me gusta despertarme temprano cuando estoy de viaje. Fuera de la tienda se escuchaba el murmullo de una melodía sherpa, era Angel y sus ayudantes que comenzaban a trabajar. Ellos eran buscadores de momentos, su trabajo consistía en encontrarlos y atraparlos en una tarjeta de memoria.
Su equipo ya estaba perfectamente sincronizado, tres ayudantes locales y Angel. Se despertaban antes de que amaneciera, tomaban un te rápido y tras cargar cámara, trípode y baterías comenzaban a caminar en busca del lugar y el momento.
Cuando salí de mi tienda, el cielo estaba aun de color violáceo, con este tono ingrávido que tienen los amaneceres en el Himalaya. Sobre la morrena, unos 100 metros por encima de nuestro campamento, ya veía al grupo de Angel trepando monte arriba.
Angel era uno más subiendo por esas laderas. Ya hacía tiempo que no se quitaba el topi, el gorro tradicional nepalí, en la distancia y con la oscuridad de la noche, con su tez morena, solo se le distinguía del resto de compañeros por la lumbre de su cigarro liado.
Con las manos metidas en los bolsillos del plumas, trepé torpemente tras ellos por la piedra suelta de la morrena, hasta alcanzar el lugar donde ya empezaban a grabar.

Cámara

Me situé detrás de Angel, junto con los tres ayudantes nepalíes, todos mirábamos fijamente la pantalla de LCD de la cámara. En realidad el espectáculo estaba mucho más allá, a kilómetros de nosotros, en los picos que cambiaban de tono con el amanecer, en los valles que se iban inundando de luz, en las piedras y en los ríos que tras la gélida noche comenzaban de nuevo a correr.
Todo eso estaba ahí, pero a mí me interesaba ver cómo podía caber todo eso en una pantalla de LCD de 8 por 6 centímetros. Angel era capaz de hacerlo entrar, sin estridencias, sin tener que amontonar las cosas una sobre otra.
-¿Ves Enrique? Esto es la erótica de la imagen, insinuar pero no mostrar.
Me decía esto mientras que, muy lentamente barría el horizonte con su cámara en dirección a la cumbre del Cholatse sin que esta llegará nunca a aparecer en la pantalla. Sin embargo vimos como la imagen se incendiaba con un rojo brillante con los primeros rayos del sol. Entonces lo entendí, parecía que nos iba a dar una cumbre, una cima, y nos quedamos a medio camino en algo mucho más sutil, en una ladera nevada y sombría, que después se convirtió en una lengua de lava.
-¿Lo viste Enrique? ¿Sabes a lo que me refiero?
-Perfectamente Ángel.-Le contesté levantando la vista de la pantalla de LCD y mirando al horizonte, descubriendo así el truco, la trampa a la que Angel nos había llevado.
Comencé a caminar de vuelta hacía el campamento, los compañeros ya se desperezaban. Tengo que poner en marcha los generadores, organizar las cargas, chequear las reservas de los que bajan y ordenar los bidones que van al Campo Base. Se acabo la suave melodía, comienza el rock and roll.

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